El Color como Eco de la Música

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Invocando el Portal de la Luz

Antes de que el color tuviera nombre,
la materia dormía bajo un velo de sombras.
El primer trazo no fue pintura: fue memoria del fuego,
eco del gesto que el universo dejó al expandirse.

Del polvo y la luz surgió la imagen,
y en ella, el mundo aprendió a mirarse.
Los ojos fueron pinceles,
la piel, un lienzo que recordaba su origen estelar.

Desde entonces, quien invoca la forma despierta la mirada del tiempo.

“Color, respira. Luz, revela.”


El Color que desperro en 1980

 

En 1980 inicié mi actividad pictórica, movido por una necesidad interior más que por una intención formal. La pintura llegó como una prolongación silenciosa de la música: un modo distinto de escuchar el mundo con los ojos. En aquel tiempo, la búsqueda era puramente intuitiva, autodidacta, guiada por la curiosidad de quien intenta traducir en color lo que antes expresaba en sonido.

Un año más tarde me vinculé al taller de la artista Norma Escobar, residente en Alemania, cuya mirada crítica y sensibilidad europea ampliaron mi comprensión del espacio, la forma y la atmósfera pictórica. Bajo su orientación, descubrí que cada trazo podía contener el mismo pulso que un compás musical.

Dos años después, mi aprendizaje se diversificó en distintos talleres de dibujo y técnicas mixtas, donde exploré materiales, texturas y procesos. Me concentré especialmente en el pastel y el acrílico, medios que me permitían jugar con la transparencia, la velocidad del gesto y la vibración de la luz.

Desde entonces, cada obra ha sido un diálogo entre la memoria y el color, entre la materia y el sonido que la habita. La pintura se convirtió en mi otra forma de componer: un pentagrama silencioso donde el tiempo se detiene para escuchar lo que la música dejó suspendido en el aire.

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Los Talleres Donde la Plástica Tomó Forma

Entre cuerdas y silencios, comenzó un viaje que con el tiempo se transformaría en pintura.
Aquel joven músico descubría que el arte, más que un lenguaje, era una forma de respiración.
De los sonidos nacieron los colores, y de la disciplina, la búsqueda incesante del oficio.

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Comentario Curatorial

“La música del color y el silencio de la forma”

La meta de este pintor bogotano ha sido, desde sus inicios, algo más que dominar el color o la composición: ha buscado asociar el sonido con la luz, el oído con la mirada, hasta lograr que ambos sentidos se fundan en una sola vibración interior. En cada lienzo, Guillermo Isaza Fiscó persigue la creación de una obra de arte total, donde el color respire como una melodía y el silencio se torne visible.

Su pintura, en la que conviven la tonalidad y la abstracción, alcanza niveles de expresión que rozan lo espiritual. Confiado en su intuición —esa brújula secreta del artista verdadero—, el maestro busca una representación absoluta, una música callada que se percibe en la piel y en el alma.

Sus obras, dotadas de voluntad expresiva y significado simbólico, muestran un dominio singular de la forma y del ritmo visual. Los cortes abruptos que impone a las figuras, la luz uniforme que envuelve sus escenas y su derroche de color en perfecta armonía, producen una sensación de movimiento interior, como un remolino lento que atrae todos los elementos hacia el centro de la pintura.

Allí, en ese punto de gravedad donde todo converge, el espectador comprende que no está ante una imagen estática, sino ante una sinfonía de formas.
Una música sin notas.
Una sinfonía en silencio.

Personalmente, considero que el manejo del color y de las formas geométricas constituye el fundamento de su lenguaje pictórico: un sistema simbólico donde cada trazo vibra, cada sombra respira, y cada espacio parece contener una nota invisible suspendida en el aire.

Comentario sobre la obra del Maestro Guillermo Isaza Fiscó

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La pintura como espacio interior

A lo largo de más de cuatro décadas de trabajo silencioso, Guillermo Isaza Fiscó ha tejido una relación íntima con el color, la música y el pensamiento visual. Desde sus primeras exposiciones en Bogotá, en los años ochenta, su obra se ha mantenido fiel a una búsqueda personal, alejada de la vanidad de las vitrinas o del ruido del mercado del arte.

 

 

 

 

 

 

Alianza Colombo Francesa – En 1982, presentó Microscopía en la Alianza Colombo Francesa, una serie de obras que exploraban la materia mínima y los impulsos vitales del color. Aquella muestra marcó el inicio de una búsqueda que trascendía la forma visible: un intento por penetrar en la estructura íntima de la energía pictórica, en el pulso microscópico donde el color deja de ser superficie para convertirse en respiración. Cada trazo era un acto de observación interior, un viaje hacia lo infinitamente pequeño, donde la vida se revela no por su tamaño, sino por su vibración.

En Microscopía, Isaza comenzó a entender la pintura como un organismo viviente: una célula luminosa en constante expansión, un territorio donde el pigmento se comporta como sonido y la línea como frecuencia. De allí surgiría su obsesión por unir la música y la imagen, por traducir los movimientos del alma a una partitura cromática capaz de generar silencio y resonancia al mismo tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Un año más tarde, Abstracciones y Color y Sonido marcaron el inicio de su experimentación entre lo auditivo y lo visual: la pintura convertida en partitura, el silencio en resonancia. En estas exposiciones, Guillermo Isaza comenzó a desdibujar los límites entre los sentidos, buscando que el color tuviera ritmo y que la música encontrara forma. Cada obra fue concebida como un fragmento de sinfonía visual, donde los tonos, las líneas y las transparencias cumplían la función de notas, compases y silencios.

En Abstracciones, el artista exploró la estructura musical del espacio pictórico: acordes cromáticos suspendidos en campos de energía, tensiones entre la luz y la sombra que evocaban intervalos armónicos. En Color y Sonido, su trabajo se volvió más experimental —una suerte de laboratorio sensorial— en el que las formas parecían desplazarse al ritmo de una melodía invisible. La obra ya no se miraba: se escuchaba con los ojos.

Fue en ese tránsito donde Isaza formuló uno de los principios esenciales de su obra: la sinestesia como puente entre los mundos. Entendió que la pintura no debía limitarse a representar, sino a vibrar; no a ilustrar la música, sino a contenerla. Así nació su idea de una “música del color”, una estética del silencio resonante donde lo visual y lo sonoro se funden en un mismo aliento.

 

 

 

 

 

 

Centro de Orientación Musical – Bogotá

Durante los siguientes años, exhibió en escenarios poco convencionales, donde el arte dialogaba directamente con la música de cámara —espacios como el Centro de Orientación Musical Francisco Cristancho, donde el sonido y el color compartían el mismo aire. Allí, entre instrumentos afinándose y murmullos de partituras, las obras de Isaza se convirtieron en acompañamiento silencioso de los conciertos: resonaban sin emitir un solo acorde, pero vibraban al compás del violín, del piano, de las respiraciones contenidas del público.

Su pintura no era entonces un objeto decorativo, sino un interlocutor del sonido. Las superficies cromáticas parecían absorber las notas y devolverlas transformadas, como si el lienzo respirara la música y la destilara en silencio visual. Estos encuentros —más rituales que exposiciones— revelaron la verdadera naturaleza de su búsqueda: la de un artista que no mostraba, sino que compartía una frecuencia interior.

Fue en esos espacios íntimos donde su obra comenzó a adquirir una dimensión filosófica. La pintura se convirtió en una forma de escucha, y el acto de observar, en una experiencia sensorial total. Allí comprendió que el arte no necesita de los grandes escenarios: basta un acorde sostenido, una mirada atenta y un instante suspendido para que el color hable.

 

 

 

 

 

 

Hotel Continental – Bogotá

En el Hotel Continental de Bogotá, sus abstracciones encontraron un nuevo territorio para expandirse. La exposición revelaba un tránsito: del impulso inicial hacia una madurez expresiva donde la materia se hacía pensamiento. Más tarde, con Metamorfosis, su lenguaje se tornó más simbólico, como si la pintura hubiera aprendido a respirar. Las estructuras orgánicas que emergían en sus lienzos parecían suspendidas entre la geometría y el sueño: organismos que latían en silencio, formas detenidas en el instante previo a transformarse.

En esta etapa, Isaza comenzó a intuir que la pintura no era solo una imagen, sino un proceso de transmutación interior. Metamorfosis fue su declaración más clara: el color ya no narraba, sino que mutaba; la forma ya no representaba, sino que recordaba. Cada obra era un fragmento de evolución espiritual, una meditación sobre el cambio constante y la naturaleza impermanente de la materia.

A través de esa mirada simbólica, su trabajo se volvió casi alquímico: convertir lo visible en energía, lo concreto en vibración, lo humano en signo. De esa alquimia nacería el impulso que marcaría toda su trayectoria: pintar no para mostrar, sino para comprender lo invisible.

 

 

 

 

 

 

Museo Postal – Bogotá
Con Metamorfosis, Guillermo Isaza Fiscó llevó su obra al límite entre la música de cámara y la pintura simbólica. La exposición, presentada en el Museo Postal en 1983 junto al Grupo Instrumental de Cámara, exploró las correspondencias entre sonido, materia y respiración interior. Las obras parecían pulsar al ritmo de los instrumentos, como si cada línea fuese una cuerda vibrante y cada forma, un eco detenido en el aire.

Más que una muestra pictórica, Metamorfosis fue una experiencia sensorial y meditativa: el intento de revelar que el arte, como la vida, se encuentra en un estado perpetuo de transformación. Las estructuras orgánicas emergían de fondos etéreos, evocando redes neuronales, raíces o constelaciones interiores —un universo donde el color respiraba y el silencio tenía cuerpo.

En esta etapa, Isaza consolidó una visión profundamente personal del arte: una búsqueda introspectiva ajena a la exposición pública, una pintura que no busca ser observada, sino recordada. Cada obra era una partitura silenciosa, un llamado a la contemplación de lo invisible.

 

 

 

 

 

 

Club de Ejecutivos – Cali
En septiembre de 1983, Guillermo Isaza Fiscó participó en la exposición colectiva organizada por la Galería de Arte del Club de Ejecutivos de Cali, junto a artistas como René Muñoz, Elsy Gómez y Rocío Gómez. El evento coincidió con un concierto de música de cámara, donde las cuerdas del cuarteto “Divertimento” acompañaron visualmente las formas suspendidas, los trazos sutiles y la vibración cromática de las obras expuestas.

Sin embargo, más allá del reconocimiento o del ambiente social propio de la época, este encuentro marcó un punto de inflexión en su relación con el circuito artístico. Mientras otros buscaban consolidar una carrera pública, Isaza comenzaba a retirarse del ruido de las inauguraciones, sintiendo que la experiencia estética debía permanecer en un espacio más íntimo, casi sagrado.

Su pintura, como su música, exigía silencio. La exposición del Club de Ejecutivos fue una suerte de despedida del artista de los espacios formales: un acto de presencia que, paradójicamente, anticipaba su decisión de desaparecer de la escena para seguir pintando en soledad, fuera del mercado, fuera del aplauso.

A partir de entonces, su búsqueda se volvió más interior, filosófica y musical: pintar ya no era mostrar, sino escuchar lo que el color tenía que decir.

 

 

 

 

 

 

Casa Julio E. Lleras – Bogotá
La exposición Cinco Autodidactas en la Plástica, realizada en la Casa Julio E. Lleras del Banco Central Hipotecario, reunió a un grupo de artistas que habían elegido el camino solitario del aprendizaje personal. Entre ellos, Guillermo Isaza Fiscó presentó una serie de obras donde el cuerpo, la materia y el espacio adquirían una dimensión metafísica: rostros sin identidad, presencias suspendidas en atmósferas casi oníricas.

En esta muestra, la figura humana aparecía como un eco del alma, un reflejo de lo inmaterial atrapado entre geometrías y silencios. La pintura se volvía una suerte de espejo velado: lo que no se ve es precisamente lo que respira.

Aquel año marcó el cierre de su ciclo expositivo en el circuito público. Isaza comenzó a pintar en silencio, vendiendo directamente sus obras, solo cuando alguien las buscaba con genuina resonancia interior. La exposición de la Casa Lleras fue, en cierto modo, un acto de despedida: la última vez que su obra ocupó un espacio institucional antes de convertirse en una práctica contemplativa y filosófica, alejada del ruido de la crítica y del mercado.

Desde entonces, su pintura dejó de buscar espectadores: buscó almas que escucharan.

 

 

 

 

 

Sin embargo, hacia finales de los años ochenta, Guillermo Isaza comenzó a retirarse, con la serenidad de quien comprende que el arte no necesita ser mostrado para existir. En sus propias palabras:
“No es el cuadro el que busca ser visto, sino el que necesita ser comprendido.”

Desde entonces, su relación con el público se transformó. Prefirió entregar sus obras en silencio, en gestos casi rituales: donaciones, encargos personales o encuentros donde el arte se ofrecía como una confidencia más que como una transacción. Pintar se volvió un acto interior, y compartirlo, una forma de resonancia.

Sus cuadros —vendidos o adquiridos en lugares tan dispares como Estados Unidos, Rusia, China, Australia, Europa y América Latina— han viajado más que él, llevando consigo una atmósfera de contemplación y misterio. Allí donde llegan, parecen establecer un pequeño templo del silencio, un espacio donde el color respira y la forma se convierte en música suspendida.

Más allá de los recorridos y de los países, la verdadera exposición de Isaza ha sido interior: una búsqueda constante de correspondencias entre sonido, color y conciencia. El artista que alguna vez compartió escenario con la Orquesta Filarmónica de Bogotá hoy pinta como quien afina un instrumento invisible.

Cada cuadro se convierte en una pausa del alma, en un acorde detenido entre el tiempo y la intuición. Su obra no se mira: se escucha, se siente, se recuerda.

 

 

 

En la sede de la Orquesta Filarmónica de Bogotá reposan dos de sus obras, testigos silenciosos del puente que Isaza ha tendido entre el sonido y el color. Allí, quienes deseen acercarse a su trabajo podrán intuir la armonía que une sus dos mundos: el del músico sinfónico y el del artista plástico.
Son lienzos que, como partituras visuales, conservan la misma intención que su música: revelar lo invisible a través de la vibración.

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En la sede de la Orquesta Filarmónica de Bogotá reposan dos obras de Guillermo Isaza Fiscó, guardianas discretas de una correspondencia que ha guiado toda su vida: la del sonido convertido en color y del color transfigurado en sonido.

En sus superficies late la misma pulsación que anima una sinfonía; allí, la pintura no representa: resuena.

Estos lienzos son más que piezas colgadas en un muro; son fragmentos de una partitura invisible, ecos detenidos del diálogo interior entre el músico y el pintor. Quien se detiene ante ellos no contempla una imagen, sino una frecuencia: el instante en que la mirada empieza a oír y el oído comienza a ver.

En ese encuentro silencioso entre arte y música, Isaza no busca impresionar ni ilustrar, sino revelar lo que vibra más allá del sonido y la forma. Sus obras, nacidas del mismo gesto que afina un instrumento, permanecen allí como testimonio de una búsqueda incesante: comprender que toda creación es, en el fondo, un acto de escucha.

Cuatro ensayos, concierto y grabación
Técnica: Políptico en 6 partes, acrílico sobre lienzo
Medidas: 5 paneles de 1.20 x 1.60 m y un óvalo de 1.30 x 0.85 m
Fecha: Enero de 2024
Serie: Metamorfosis

En este políptico monumental, Guillermo Isaza Fiscó despliega una partitura visual que une el gesto pictórico con la conciencia sonora. Cada uno de los cinco paneles se corresponde con un movimiento interior: los ensayos del alma frente a su propio instrumento. El color, liberado de su función decorativa, asume aquí el papel de frecuencia vibratoria, como si cada matiz contuviera un tono inaudible capaz de despertar la memoria del sonido primordial.

Las superficies respiran en una tensión constante entre orden y caos: manchas que se expanden como acordes disonantes, trazos que se entrecruzan como líneas melódicas suspendidas en el aire. En medio de esta orquesta cromática, el espectador no contempla —participa—, pues la obra lo absorbe en un juego de correspondencias sin jerarquías, donde la vista se convierte en oído y el silencio adquiere cuerpo.

Los rojos y amarillos encienden zonas de energía solar, pulsaciones vitales que recuerdan el instante previo a la creación; mientras tanto, los azules y verdes sugieren la inmersión en lo profundo, donde el sonido se vuelve eco y la forma se disuelve en un espacio líquido. Entre ambos polos, el artista parece buscar el tono justo del equilibrio: esa frontera invisible donde la emoción se transforma en estructura y la estructura en intuición.

El panel final —el óvalo, la grabación— actúa como síntesis y reflejo. No representa una conclusión, sino una resonancia. Allí, el gesto pictórico se aquieta, como si el sonido se hubiera replegado sobre sí mismo para conservar su vibración en el silencio. Es la huella final del intérprete que cierra el concierto, no con un aplauso, sino con una respiración contenida.

En conjunto, la obra no pretende narrar ni describir. Su propósito es invocar: provocar una percepción expandida en la que los sentidos se funden y la materia pictórica se convierte en sonido detenido. En Cuatro ensayos, concierto y grabación, Isaza no pinta lo que ve, sino lo que escucha cuando el mundo calla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título: Multiverso Musical 2 – Pertenece a la Serie: Introspección – Técnica: Acrílico sobre lienzo – Medidas: Ancho 3.20 X Alto 1.70 Metros – Esta Obra de Arte es un original realizado por el pintor Colombiano Guillermo Isaza Fiscó – Fecha de creación: 2023

En Multiverso Musical 2, Guillermo Isaza Fiscó construye un espacio donde el sonido y la luz coexisten como estados vibratorios de una misma conciencia. No hay arriba ni abajo, no hay horizonte ni punto de fuga: el cuadro se expande como una atmósfera viva, una partitura suspendida en el tiempo donde cada trazo, cada huella y cada color parecen escuchar al otro antes de aparecer.

El azul domina la composición como principio cósmico: océano, cielo y mente se funden en una sola materia luminosa. Desde su profundidad emergen acordes visuales —rojos, naranjas, verdes— que irrumpen con la intensidad de una improvisación jazzística, recordando que la creación no es un acto planificado, sino un impulso vital. Cada mancha es un eco, cada línea un fragmento de melodía que intenta escapar del silencio sin perderlo del todo.

Las notas musicales, diseminadas sobre la superficie, actúan como símbolos de resonancia: flotan, se desplazan, se desintegran en el aire del cuadro. Son partículas de sonido hechas color, vibraciones detenidas en un instante eterno. El movimiento interno de la obra se percibe no solo en la disposición de las formas, sino en la manera en que la luz se filtra entre las capas, como si el lienzo estuviera compuesto por respiraciones.

Isaza trabaja aquí la pintura como si fuera una orquesta invisible. El gesto no busca la figura ni el relato, sino la vibración que antecede al pensamiento. Los pigmentos se mezclan con el azar, la intuición se convierte en ritmo, y el ritmo se transforma en energía cromática pura. Todo ocurre como en una sinfonía que no tiene principio ni fin: una ola que se repite, se disuelve, vuelve a nacer.

En las zonas inferiores, los verdes y turquesas actúan como base armónica, sosteniendo la expansión del azul con un pulso orgánico, casi terrestre. Hacia el centro, el blanco y el dorado estallan como luz que irrumpe desde dentro, marcando el instante de revelación, de ascenso. Allí, el color se vuelve sonido detenido, una frecuencia que vibra más allá del ojo, una voz sin palabras.

Multiverso Musical 2 no es una representación de la música: es su encarnación visual. Es el intento del artista por escuchar con la mirada, por pintar la vibración interior del universo. La obra invita al espectador a sumergirse en ese silencio lleno de resonancia, donde lo visible y lo audible se funden en una sola experiencia de conciencia.

En este lienzo, Isaza demuestra que el color puede cantar, que la pintura puede respirar, y que el silencio —cuando es profundo— contiene toda la música del mundo.

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